Cuando sacás la manteca de la heladera, cambia.
Lo primero que notás es la decadencia de su firmeza.
Lo que antes te costaba tanto raspar con el cuchillo ahora cede, cómodamente se amolda al metal o la madera que lo arrastra, y se despega del resto con pereza. También pierde su blancura y se torna amarillo enferma, orgánica y aplastada. Hasta su envoltorio que lucía tan plateado y robótico ahora produce rechazo, mientras se achancha a la forma que le dicta la fuerza de gravedad, y mirar de frente al foco. Pero ella, ella ntensifica su color cuasi artificial mientras se derrite, pierde sus líneas, se torna fea, y es como una señora con sobrepeso y piel brillante, parecida a muchas cosas o distinta a ella misma.
Al final puede ser grasa, o aceite, o manos y bocas brillando a la luz, una torta, pero no debemos olvidar nunca, nunca, que ella era un pan manteca.