Quién soy cuando invocás tus espectros a través de mi.
Por qué insistes en tallar mi alma ¿Acaso no sabes del cristal?
Un ser que se sabe incompleto sólo sabrá de carencias y nostalgia
pero nadie nace incompleto
ni siquiera existe lo incompleto.
martes, 30 de septiembre de 2014
Las noches de verano de mi infancia son lo que más extraño.
Sentía que la naturaleza me pertenecía pero, en realidad, mucho más me hipnotizaba.
Cruzando montes tupidos, silenciosos de humanos, tan poblados de vida.
El amor sólo podía ser una palabra de cuentos o un juego de madres
pero la ignorancia parecía de alguna forma hacernos más felices, siempre supimos sentir.
Corríamos entre los sembrados con la adrenalina de cruzarnos una alimaña, un regalo sorprendente era lo que en realidad esperábamos con miedo y ansias, y entonces aparecía un murciélago zurcando con un sonido silencioso pero grave vibrando en sus alas.
Lo verdadero es temerle a la naturaleza cómo pude olvidarlo (todavía no lo recuerdo),
y sin embargo en nada se parece a no dormir.
Hacía fuerza mano a mano contra mi sueño por mantenerme despierta. Sólo en esos momentos de soledad me permitía sumergirme hasta lo más profundo de mi imaginación, y lo esperaba cada día. Nunca perdía, estoy segura. Si me dormía lo soñaba y sino imaginaba al otro día que lo había soñado, ya con las estrellas que el sueño anterior me había regalado.
Las últimas luciérnagas fueron testigos de mi más pura inocencia.
Al siguiente verano me sorprendió un miedo nuevo. A mi, a mis pasos y las palabras que parecían atraer. Y como si ellas lo hubieran sentido también, dejaron de visitar el campo.
Sentía que la naturaleza me pertenecía pero, en realidad, mucho más me hipnotizaba.
Cruzando montes tupidos, silenciosos de humanos, tan poblados de vida.
El amor sólo podía ser una palabra de cuentos o un juego de madres
pero la ignorancia parecía de alguna forma hacernos más felices, siempre supimos sentir.
Corríamos entre los sembrados con la adrenalina de cruzarnos una alimaña, un regalo sorprendente era lo que en realidad esperábamos con miedo y ansias, y entonces aparecía un murciélago zurcando con un sonido silencioso pero grave vibrando en sus alas.
Lo verdadero es temerle a la naturaleza cómo pude olvidarlo (todavía no lo recuerdo),
y sin embargo en nada se parece a no dormir.
Hacía fuerza mano a mano contra mi sueño por mantenerme despierta. Sólo en esos momentos de soledad me permitía sumergirme hasta lo más profundo de mi imaginación, y lo esperaba cada día. Nunca perdía, estoy segura. Si me dormía lo soñaba y sino imaginaba al otro día que lo había soñado, ya con las estrellas que el sueño anterior me había regalado.
Las últimas luciérnagas fueron testigos de mi más pura inocencia.
Al siguiente verano me sorprendió un miedo nuevo. A mi, a mis pasos y las palabras que parecían atraer. Y como si ellas lo hubieran sentido también, dejaron de visitar el campo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)