viernes, 16 de noviembre de 2012

Cuando ella toca su violín es como si se desvistiera de todos los colores. Todos menos el azul, que se convierte en azul muy intenso y lleno de matices en azul marino, en azul eléctrico, y el brillo de su azul en cada nota es como si llorara, como si estuviera todo ahí y estuviera naciendo y muriendo para dar paso a un nuevo tono. Y crea mareas de energía cuando una nueva frecuencia se mueve hacia los cuerpos del expectante, y te muestra lunas y noches sin estrellas. Hasta te muestra rojos y amarillos, sin salir nunca del azul.Una vez la vi tocar y lloré.
Miré mis ojos tan llenos de todo

que no pude ver nada.
Creo que es un recuerdo, o un sueño. La diferencia entre real o no se vuelve tan poco relevante luego de que esa sensación te invade y mil hormigas te suben al pecho y por el cuello, y sabés que son mil porque hasta sentís su peso presionando tus pulmones. Fue ese momento en que retiraste tu hombro para entregarme una sonrisa, que brilló mucho más cuando se vio entera, como si fuera luna llena la entregaste, con ojos cerrados de sueño y tranquilidad, totalmente en paz. Besé tu rostro suavemente con mi mano para no despertarte y recostaste tu sien bajo mi clavícula. Creo que quedabas perfecta. Creo que quedarías perfecta, porque, claro, ahí es cuando creo que es un sueño; es que volví a dormir. Cuando me desperté estabas en el baño, o poniéndote las zapatillas. Sin que te dieras cuenta me recosté en tu hueco, y las hormigas que se habían comido mis agallas se comieron también las palabras bonitas que pudieran detenerte, retener la sensación. Te miré. Te miré irte. A veces no puedo evitar alejarme mentalmente de la escena en la que me encuentro partícipe para quitar la responsabilidad de mis no-actos.
Tantas veces tardé.